Hay en las playas de Almería una cualidad incierta, como si el tiempo allí no avanzara del todo o lo hiciera con una deliberación que desconcierta a quien observa. Estas fotografías nacen de esa sospecha: la de que el mar no repite nunca el mismo gesto y, sin embargo, parece empeñado en fingir que sí. La luz, casi excesiva, despoja a las cosas de coartadas y las obliga a mostrarse sin misterio, aunque es precisamente entonces cuando el misterio comienza.
Las orillas aparecen deshabitadas, pero no vacías; conservan una memoria que no se deja ver, una suma de presencias pasadas que el viento borra sin éxito. Las rocas, detenidas en su paciencia mineral, contemplan un horizonte que cambia de color con una lentitud solemne. Y uno diría que cada imagen captura no solo un paisaje, sino también una duda: la de si aquello que vemos es el mar de hoy o el recuerdo persistente de todos los mares anteriores.


